
En primer lugar, debemos subrayar que, frente a otro tipo de manifestaciones culturales, la lectura es un ejercicio activo (lo que no significa que sea mejor ni peor que otros). Tanto si oímos música como si asistimos a una representación teatral, lo fundamental para apreciar la obra es tener una predisposición a la tranquilidad que nos permita disfrutar de lo que vemos en toda su amplitud. Sin embargo, en la lectura somos nosotros los que construimos el mundo de la obra, nuestra imaginación, nuestra capacidad. Digamos, por tanto, que es un juego que requiere de un mayor esfuerzo por parte del receptor, es como que nos jugamos más intelectualmente. Arriesgamos más. Y de ahí nace, entre otras cosas, ese sentimiento de derrota, cuando después de dar ese plus de energía, somos incapaces de apreciar la obra de alguien que suponemos de mayor altura intelectual que nosotros.
Ahora bien, siendo real y objetivo el planteamiento del que partimos (leer requiere esfuerzo), no lo es tanto la conclusión (si no entendemos el libro, estamos derrotados), pues con ello olvidamos otra de la bases de la literatura, y es que por muy intelectual que la consideremos, en realidad no deja de ser un acto comunicativo, como cualquier otro, en el que hay un emisor y un receptor que se reparten a partes iguales la responsabilidad de hacerse entender. Y a veces olvidamos también que el emisor puede resultarnos un tanto aburrido o que, simplemente, no nos gusta o interesa lo que nos cuenta. Esa afirmación es más fácil de hacer si el acto comunicativo es oral porque nos jugamos menos intelectualmente, pues ha habido menos esfuerzo (cuando en realidad, en origen y durante muchos años, la lectura era oral. El concepto de lectura silenciosa e introspectiva es algo que viene de la Edad Media).

En su exitoso y espléndido ensayo Como una novela, Daniel Pennac defiende el acto de la lectura como un ejercicio absolutamente libre y vitalista, incompatible con el concepto de muerte y culpabilidad. El escritor francés propone que cuando nos encontremos ante la tesitura de abandonar una obra, en lugar de atormentarnos y fustigarnos, nos preguntemos por qué lo hacemos, para de ese modo llegar al mapa de nuestros gustos e ir confeccionando nuestro criterio. Estoy seguro de que Pennac no defiende que a las primeras de cambio, al primer obstáculo, abandonemos la obra. Eso sería absurdo y estaríamos actuando en contra de lo que es la novela en esencia. En La loca de la casa (otro magistral ensayo sobre literatura), la periodista y escritora Rosa Montero defiende que la novela es el género más real, pues mientras la poesía tiende a la perfección y el ensayo al rigor, en las obras novelísticas se mimetiza la vida y la realidad, y por eso es común que el tedio o los fragmentos pesados tengan cabida.

¿Cuándo abandonar pues la novela? Para mí, ese momento es aquel en el que entiendes que la obra ya no te va a aportar nada, pase lo que pase en las siguientes páginas. Puedes soportar un momento de pesadez cuando el conjunto de la obra y su planteamiento te interesan. Franz Kafka decía que leer un libro debía ser un ejercicio similar al de recibir un martillazo en la cabeza para deshacer el hielo de la ignorancia. Aun siendo exagerada su sentencia, creo lleva a lomos lo que en realidad es una de las funciones básicas de la literatura: asomarte a mundos nuevos y desconocidos, hacerte crecer. Todo lo que no sea eso, no creo que valga la pena.
Claro está que a todos nos gustaría siempre disfrutar de todo lo que leemos, sentir que nunca perdemos el tiempo, que llevamos una vida lo suficientemente plena como para que no nos las tengamos que ver con sentimientos como el aburrimiento, la derrota o la tristeza. Y, en ese proyecto de vida ideal, solemos dar la espalda a un hecho que olvidamos con demasiada frecuencia: que no existe la perfección absoluta, ni en la literatura, ni en el mundo de los sentimientos, ni en la vida. Es más, me atrevería a afirmar que ése es el verdadero tema de todas las novelas jamás escritas. Creo que tener esta idea presente nos liberaría de muchos tormentos. Y es además de ese vacío existencial de donde nace el verdadero sentido de la literatura, que pone palabras e historias a todo aquello que escapa a nuestro entendimiento, haciendo el mundo en el que vivimos algo más cercano y comprensible, más transitable y llevadero. Como también es cierto que, desde nuestra libertad, podemos mejorar día a día la búsqueda de todo aquello que nos realiza como personas.
No deberíamos, pues, renunciar nunca al derecho de abandonar una novela. Porque los libros que no nos gustan, al igual que los caminos que un día decidimos abandonar, la decepción que nos dejó el corazón helado o el viaje que todavía no hemos realizado, también nos definen como personas. Y, aunque sea por contraste, iluminan todo aquello que sí nos llenó, funcionando como una brújula caprichosa e impredecible que nos dirige hacia nuevas historias y experiencias, que esperan silenciosas a la vuelta de esquina, escondidas tras el débil muro de nuestros gustos, de nuestra identidad.


Claro está que a todos nos gustaría siempre disfrutar de todo lo que leemos, sentir que nunca perdemos el tiempo, que llevamos una vida lo suficientemente plena como para que no nos las tengamos que ver con sentimientos como el aburrimiento, la derrota o la tristeza. Y, en ese proyecto de vida ideal, solemos dar la espalda a un hecho que olvidamos con demasiada frecuencia: que no existe la perfección absoluta, ni en la literatura, ni en el mundo de los sentimientos, ni en la vida. Es más, me atrevería a afirmar que ése es el verdadero tema de todas las novelas jamás escritas. Creo que tener esta idea presente nos liberaría de muchos tormentos. Y es además de ese vacío existencial de donde nace el verdadero sentido de la literatura, que pone palabras e historias a todo aquello que escapa a nuestro entendimiento, haciendo el mundo en el que vivimos algo más cercano y comprensible, más transitable y llevadero. Como también es cierto que, desde nuestra libertad, podemos mejorar día a día la búsqueda de todo aquello que nos realiza como personas.
No deberíamos, pues, renunciar nunca al derecho de abandonar una novela. Porque los libros que no nos gustan, al igual que los caminos que un día decidimos abandonar, la decepción que nos dejó el corazón helado o el viaje que todavía no hemos realizado, también nos definen como personas. Y, aunque sea por contraste, iluminan todo aquello que sí nos llenó, funcionando como una brújula caprichosa e impredecible que nos dirige hacia nuevas historias y experiencias, que esperan silenciosas a la vuelta de esquina, escondidas tras el débil muro de nuestros gustos, de nuestra identidad.
GONZALO FERRADA
- Periodista y profesor de literatura -
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