
Aquello no entraba en sus planes. Había tomado siempre precauciones. Estaba convencida de que se trataba de un error. Ese niño no podía ser real. Seguro que los médicos se habían equivocado. Sí. Aquello era una absurda equivocación. O quizás estaba en mitad de una horrible pesadilla. No. Sus nauseas corroboraban que no estaba soñando.
“¿Quién es el padre?”. Aquella pregunta resonaba en su cabeza. Había sido incapaz de contestarla. No podía. Él tenía que permanecer al margen. Debía protegerlo.
“Puta”. Eso fue lo último que le dijo su progenitor antes de arrearle una bofetada y salir corriendo en busca de su anhelada melopea. No se lo reprochaba. Sólo tenía 19 años. Su hermano tenía razón: lo había estropeado todo. Y lo peor es que lo único que le preocupaba era cómo pudiera reaccionar ÉL cuando se enterara. ¿Asumiría su responsabilidad? No. Era imposible. Le pediría que abortara para evitar el escándalo. Tal vez sería lo mejor. Pero era demasiado cobarde.
De repente, volvió a vomitar. Su hermano sujetó la palangana y, a continuación, se agachó y la abrazó. En ese momento, la madre se asomó, cuchillo en mano, por la puerta de la cocina. Se secó las lágrimas, se acercó a sus hijos y besó a Aurora en la frente. “Saldremos adelante”, le susurró.
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